Prefiero el café cargado, no muy fuerte, ni quemado, lo quiero intenso, profundo, ligueramente acido para que al final en su cola muestre ese saborcito tan suyo como a frutas, delicioso, aunque luego el que ella prepara tiene más bien algunos tonos como a vainilla, no se mucho de sabores, pero así son las cosas, uno no necesita más que saber lo qué quiere para emocionarse (aunque luego no sepa por qué). Ese, un café que emociona. Unos besos que destierran al tiempo. Ojos que saben contestar, labios que no saben callar. Pero sobre todo un buen cerrojo, uno que permita olvidarse del hogar para viajar entre travesuras y fantasías, al mundo entero que tampoco esta de más, en lo otro que también es amor.
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