Recuerdo la tarde que nombramos oficialmente a tu cintura el puerto para amarrar mi barca, te recorría con tal lentitud que parecía que nunca llegaría a tus labios, pero llegaba, me sujetaba al oleaje de tu boca.
Entre besos nos olvidamos de la soledad, de la nuestra, la compartíamos, la disfrutábamos y también la extrañábamos.
Luego de los besos venían las risas, las omisiones, las irresponsabilidades del amor, las locuras de la pasión, el sin fin de buenos tratos que a la sombra de una copa son los mejores vestigios de libertad.
Luego te vas o te vienes, y te enroscas bajo mi brazo, y te olvidas, y me sujetas, y me dejas, y ter pierdes, y gritas que no te siga, que no vaya, que no te quiera, y que te quiera cuando sea que te ame, para que cuando te ame ya no estés, ridículo.
Así es como las mejores noches y lo mejores días se van refrescando entre recuerdos, entre miles como tú y millones como yo, de la mano todos acostumbrados a sonreír, sentir y dejar de sonreír.
El mismo problema del principio, multiplicado por la nostalgia y el siempre sobrio amparo de la soledad, todos los días saltar al mundo con la inocente sensación de no ser especial, de perder y regalar las esencias, de desperdiciar la vida, de untarla donde se diga que debe ser gastada, así es como de a poco desamarro mi barca de tu cintura, la ocupa para irme allá, donde naufragar es una moda, y seguir, y vivir, y soñar, y esperar, y dejar para mañana todo lo que podría ser.
Y dejar para mañana todo lo que fue.
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