Al entrar a la habitación los verbos mutan su significado,
se potencializan en todo lo que podría ser, cada movimiento es todo
lo que podría ser, incluso lo que es, como
si el tiempo (todo) se inscribiera en aquel cuarto y entonces una caricia, es
también todas, y un te amo, es también un eco infinito de amor, y besar es
contemplar, querer, gozar y esperar agazapado para cazar a la pasión, abrir los
ojos, es juzgar, atender y también la incapacidad de cerrarlos de nuevo. Y así
sin saber que preferir entre ojos abiertos o cerrados, sin saber si pijama o
loción, uno entiende que dormir, no es lo que uno acostumbra, no es más lo que
el cuerpo necesita para descansar, es lo que la luz ocupa para estar.
Ella me persigue por toda la cama, sin tregua, ni calzones,
se acurruca en cualquier rinconcito de mi alma, como declarándome patria y
amagando con revolución.
Dormir con ella es un arte para aventureros, uno no debe
dormir con ella, uno debe dormir para ella, no como enser de cama más
bien como ancla terrenal, para que de sus oníricas guerras y propuestas no se
pierda, a veces a besos hay que regresarla a lo cotidiano de un colchon y
venderle el simulacro de que en efecto ella duerme.
Para ella, la alcoba es un sin límites donde la vida pierde
proporciones, se recrea el espacio, se desalinea el tiempo y uno está ahí, absorto
en lo divino y atento a ella, igual que la obscuridad cuando vio parir
universo.
Debo poner atención a las intenciones de su alma, para que
cuando regrese de su torbellino y tenga a bien darnos el milagro de su risa
ella no se explore distinta pero si nueva.
Ella no duerme, da vida, y da vida sin tregua.
Dormir con ella, no es fácil, es terminar cada día con un
mundo y saber que despertaras en otro, que la cuota es renunciar a todo,
naufragar en el espacio, jugarte el futuro, pero sin pánico porque cuando todo
vuelva empezar ella estará ahí, y con eso basta para romper y componer todos
los mundos.
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