La sarna es un ácaro (un insecto diminuto) que se mete bajo la piel. Cuando un ácaro hembra se mete en la piel de una persona para poner sus huevos se produce un salpullido que causa picor.

Cualquiera puede contraer sarna. Probablemente hay millones de personas con sarna

miércoles, 16 de agosto de 2017

Dueño de coyotes

El otro día camine por Coyoacán, como hace mucho no lo hacía, tal vez que nunca lo había hecho bien, camine como turista, me deje encantar por las calles, esa arquitectura colonial poblada de letreros neón, artesanías de obsidiana al lado de  grandes botes de basura.

He recorrido esos lugares desde párvulo, desde Churubusco (más bien la cineteca) hasta Miguel Ángel de Quevedo, desde Universidad hasta División del Norte, más aun, de Insurgentes a Tlalpan, todas esas calles las he recorrido al menos una vez  a pie, más de una vez la mayoría, y otras más en coche.

Desde los malditos mimos que son el humor del alma pero sólo con cuerpo, que los  amas o los odias a según te agarran de puerquito o coreas carcajadas, con el tiempo uno va entendiendo que puede hacer los dos. Pero como fui infante (muy) consentido no aguantaba vara.

La secundaria sobre la calle de Hidalgo, mis caminata hasta el micro, las peleas de los machitos sacalepunta compañeros, en el parque Frida, o los pleitos que íbamos a levantar a la otra secundaria pública, contra los chicharitos (yo era de los cucarachos), todas las veces que me fui de pinta a los viveros, a jugar básquet, todo el día metido en el parque.
Las incursiones con las benditas novias de manita sudada, las historias que me inventaba en callejón de aguacate para se acercaran un poquito, nomás los suficiente para robarles un beso, aunque cayera chueco, uno de esos besos tímidos entre el cachete y la boca. Qué me van a decir, si a esa edad los miedos y las ganas hacen que uno termine diciendo amor cuando quiere deseo. El más inocente deseo(o casi), el más tierno amor.

Luego la prepa aprendí a medir los pasos de la nacional preparatoria seis hasta el jarocho para cunado matar clase fuera posible acelerar el ritmo, para no matar dos clases (o si), de aquellas aventuras en calles, cafés, peleas y amores, mejor para otro texto, ahí lo más sabroso era la charla, la bohemia que se armaba en las pinponeras y terminaba en la conchita, o en el museo de las intervenciones. 

Caminar de noche Coyoacán con menos dinero que un lumpen, no hacía falta, éramos muchos, éramos jóvenes, éramos listos, éramos lectores, éramos los dueños del mundo.

Ya en la universidad mínimo una vez por semana a la cineteca, mínimo dos a los bares de Coyoacán, al queta, a la bipo, al bizzarro, al burma, los bigotes, los danzantes, tierra salvaje, dependía de la lana, de la compañía, de la actitud.

Mi primer trabajo, en el centro Bancomer, a lado del mall centro Coyoacán, todo un godinez…

No preciso decir que coyo era mi barrio, más bien, nunca me di cuenta, era algo vivo para mi, entendía sus cambios, mi barrio y yo crecimos juntos.

Ahora trabajo muy al norte de la ciudad y vivo muy al sur de la ciudad, pero por fortuna el otro día la vida me llevo con algún tiempo libre hasta Coyoacán, ¡Cómo ha cambiado!, hay más bares, más boutiques, ahora en cualquier vieja casa uno se encuentra una especie de micro tianguis, con productos artesanales, exóticos, orgánicos, la hipsteriza encontró una tierra fértil para ideas mercantiles “originales” que tanto le (nos) gustan.

Noté que envejecí, que alguna distancia había entre mi barrio  y yo, espero que mi barrio me haya reconocido aunque fuera de lejos, nos pusimos al día, como quien no ve a un buen amigo en mucho tiempo recorrí los recuerdos veloz, visite todos los lugares que acostumbraba, las librerías, los cafés, muchos sitos cambiaron donde había panaderías ahora hay taquerías, dónde papelerías, tianguis de comilonas, otras lugares que no, que no han cambiado, pase al mismo baño de Sanborns de siempre, compre unos cigarros en la misma tienda del viejo gruñón, hasta fui a la prepa a comprar una (horrible ahora los sé) hamburguesa fusilera, que en mis años me parecía el más sublime de todos los manjares del mundo conocido.

Total, escribir esto era preciso, porque como todas las cosas, uno cambia y otras construcciones vendrán sobre nosotros, otro cambio de adoquín, nuevas luces neón alumbran los viejos árboles del centro, los sonidos de nuevos trovadores viajaran junto con los aromas del mismo café quemado del jarocho.


Pero aquí estamos.

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